Ingeniería genética y desigualdad social

CLAUDIA MÉNDEZ GONZÁLEZJULIA SAUGARMARÍA BLOMEYER SANZCIENCIA Y MEDIO AMBIENTE2026, NÚMERO 4

Estudiantes de Genética en la Universidad CEU San Pablo

10/14/20265 min leer

La ingeniería genética ya no es una cuestión de ciencia ficción, sino una realidad que nos permite, por primera vez en la historia, la intervención deliberada y controlada sobre la biomolécula más importante para la vida: el ADN. Consiste en un conjunto de técnicas y metodologías, como el CRISPR-Cas9, que permiten manipular el ADN e introducirlo en células y organismos pluricelulares [1]. Este descubrimiento atañe no solo a médicos y biólogos, sino también a juristas, filósofos y a toda la sociedad en su conjunto, porque sin ser solo un avance técnico, puede suponer una reestructuración de la sociedad en toda regla.

Esta disciplina plantea un sinfín de oportunidades sin parangón en la historia del ser humano. Si bien puede ser utilizada para fines tan honrados y venerables como el desarrollo de terapias génicas o alimentos transgénicos, también abre la posibilidad de poder mercadear con dichas productos, o poder ofrecer privilegios de carácter eugenésico a quienes puedan permitírselo. La ingeniería genética no es solo capaz de revertir enfermedades o incluso de evitarlas, sino que es capaz de generar nuevos seres vivos, nuevas especies, al margen de la evolución tal y como la conocemos. Es así como la ingeniería genética, además de tener la capacidad de manipular el ADN, puede convertir la desigualdad económica en desigualdad biológica.

Por muy distópico que parezca, herramientas de ingeniería genética como CRISPRCas9, ya nos permiten, a día de hoy, modificar a nuestro antojo células de todo tipo y esto, en su faceta más esperanzadora, abre un mundo de oportunidades en el que una medicina realmente preventiva sería posible [3]. Enfermedades hasta ahora consideradas incurables, y que suponían una losa para toda una vida, pasarían a ser problemas evitables. Sin embargo, esta nueva realidad viene de la mano de una mucho más dolorosa: el acceso a las nuevas tecnologías no es universal y depende principalmente de factores económicos, sociales, geográficos y políticos.

Si solo una parte de la población puede beneficiarse de terapias génicas avanzadas, la salud dejaría de ser un derecho y se convertiría en un privilegio. Y si, además de curar, estas tecnologías permiten mejorar capacidades biológicas, ya sea aumentando la resistencia a enfermedades, optimizando funciones cognitivas o seleccionando determinados rasgos, la brecha podría ampliarse de manera irreversible [2].

Por desgracia, en la historia ya se han conocido intentos de intervenir, mediante la política, en el legado genético de una población, y las consecuencias fueron absoluta y objetivamente devastadoras. Es cierto que las herramientas actuales son infinitamente más precisas y el contexto político y social es diferente, pero este contexto está en constante evolución, y la falta de legislación y este poder en las manos equivocadas podría llevarnos a situaciones inquietantemente similares [4].

Si ya hoy en día supone un problema en España, donde tenemos una salud pública al alcance de todo el mundo, que algunos por el simple hecho de poder costeárselo, tengan una atención más rápida y, en algunos casos, más eficiente, ¿qué va a ocurrir cuando esa diferencia no se mida en tiempo, sino en capacidades biológicas?

Fukuyama en el 2002 ya decía: “La biotecnología puede ser la tecnología más peligrosa de la historia”, ya no solo por la posibilidad de realizar experimentos de dudosa moralidad sino por la de convertir la desigualdad social en una realidad tan tangible como que el rico posea una mayor resistencia a enfermedades que el pobre [5]. Pero ¿no ocurre esto ya? ¿No es acaso esta desigualdad social una realidad ya? La respuesta es sí: ya convivimos con la injusticia social, y de ahí el peligro de introducir este tipo de dinámicas en nuestra sociedad. Corremos el riesgo de convertir la clase social en un rasgo fenotípico.

No se trata de cuestionar el avance en sí mismo, sino de reconocer su impacto en la sociedad en la que vivimos. La tecnología en sí misma no puede ser ni justa ni injusta; lo son las políticas y los marcos éticos y jurídicos que la envuelven. Ignorar esta dimensión implica asumir que el progreso científico puede desarrollarse al margen de sus consecuencias sociales, algo que la historia ha demostrado repetidamente que no es posible. El mayor cambio puede no ser que podamos editar el genoma, sino que empecemos a hacerlo de forma desigual. Cuando eso ocurra, la pregunta dejará de ser qué podemos hacer con la biología y pasará a ser otra mucho más incómoda: ¿quién tiene derecho a hacerlo?

Referencias

1. Gómez-Márquez, J. (2013). La revolución de la ingeniería genética. Nova Acta Científica Compostelana (Bioloxía), 20, 13–21.

2. World Health Organization. (2021). Human genome editing: Recommendations. World Health Organization. https://www.who.int/publications/i/item/9789240030381

3. Lammoglia-Cobo, M. F., Lozano-Reyes, R., García-Sandoval, C. D., Avilez-Bahena, C. M., Trejo-Reveles, V., Muñoz-Soto, R. B., & López-Camacho, C. (2016). La revolución en ingeniería genética: Sistema CRISPR/Cas. Investigación en Discapacidad, 5(2), 116–128.

4. Fröde, C. G. (2013). Eugenesia: Moralidad o pragmatismo. Gaceta Médica de México, 149(4), 476–480.

5. Fukuyama, F. (2002). Our posthuman future: Consequences of the biotechnology revolution. Farrar, Straus and Giroux.

Agradecimientos

Este artículo fue realizado por María Blomeyer Sanz, Elena de Miguel Hernández de Tejada, Carmen López López-Quiroga, Claudia Méndez González y Julia Saugar Guadalup bajo la supervisión de Marcos García García 

Resumen

El texto reflexiona sobre las implicaciones sociales de la ingeniería genética. Esta disciplina reúne un conjunto de técnicas, como CRISPR-Cas9, que permiten manipular el ADN. Sus aplicaciones abren oportunidades sin precedentes, como las terapias génicas, los alimentos transgénicos o una medicina preventiva capaz de evitar enfermedades incurables. Sin embargo, el autor advierte de un riesgo: el acceso a estas tecnologías no es universal, sino que depende de factores económicos, sociales, geográficos y políticos. Si solo una parte de la población puede beneficiarse de ellas, la salud dejaría de ser un derecho para convertirse en un privilegio. Además, si la ingeniería genética no solo cura, sino que también mejora capacidades biológicas, la brecha podría volverse irreversible y transformar la desigualdad económica en desigualdad biológica. El texto recuerda los devastadores intentos históricos de controlar políticamente el legado genético. También alerta de que la falta de legislación podría reproducir situaciones similares. Citando a Fukuyama, plantea el peligro de que la clase social llegue a ser un rasgo fenotípico. El autor concluye que la tecnología no es justa ni injusta en sí misma. Lo son las políticas y los marcos éticos y jurídicos que la regulan. Por ello, la pregunta clave será quién tiene derecho a editar el genoma.

Palabras clave: ingeniería genética; CRISPR-Cas9; desigualdad biológica; bioética; acceso a la salud; ciencia; medio ambiente.