Vivir implica saber para quiénes somos
Cuando una bacteria del estómago podría alterar el equilibrio del intestino
JOSÉ MIGUEL SORIANOMEDICINA Y SALUD2026, NÚMERO 4
Catedrático de Nutrición de la Universitat de València
10/7/20266 min leer


Terminas de comer y aparece esa sensación de que el abdomen se ha convertido en un globo. Hay gases, molestias y, a veces, cambios en el ritmo intestinal. Estos síntomas pueden tener muchas causas, aunque en los últimos años una palabra se ha hecho especialmente conocida: SIBO.
Estas siglas inglesas se refieren al sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado. Para entenderlo, conviene recordar que las bacterias no se distribuyen de manera uniforme por nuestro aparato digestivo. El intestino grueso alberga una comunidad microbiana muy abundante. En el intestino delgado, donde absorbemos buena parte de los nutrientes, la cantidad suele ser mucho menor.
Cuando esa distribución se altera, pueden aparecer problemas. Las bacterias utilizan parte de los alimentos que llegan al intestino y su actividad puede producir gases. En algunos casos, el desequilibrio también se acompaña de diarrea, dificultades para absorber nutrientes o carencias nutricionales.
Pero hay una pregunta que sigue abierta: ¿por qué ocurre?
Un artículo desarrollado por nuestro grupo de investigación y publicado en Medical Hypotheses, propone mirar un poco más arriba, hacia el estómago y una bacteria que lleva décadas protagonizando investigaciones: Helicobacter pylori.
El estómago también controla quién pasa
Solemos imaginar el estómago como una bolsa donde los alimentos se mezclan con los jugos digestivos. Sin embargo, también funciona como una barrera.
Su acidez ayuda a limitar la supervivencia de muchos microorganismos que tragamos con los alimentos, las bebidas o la saliva. No esteriliza todo lo que entra, pero dificulta que numerosas bacterias continúen vivas hacia el intestino.
H. pylori tiene la capacidad de vivir en ese ambiente y colonizar la mucosa del estómago. La infección no afecta igual a todas las personas: puede producir distintos tipos de inflamación y, en algunas, dañar las glándulas que fabrican el ácido.
Aquí aparece el primer camino de la hipótesis, el que cuenta con mayor respaldo científico.
Si determinadas zonas del estómago sufren un daño persistente y producen menos ácido, la barrera pierde eficacia. Más microorganismos podrían sobrevivir y alcanzar el comienzo del intestino delgado.
Podemos imaginarlo como un filtro que se ha debilitado: deja pasar más de lo que dejaba antes.
Eso no significa que todas las personas con H. pylori desarrollen SIBO. El intestino dispone de otros mecanismos de control, y el resultado depende de varios factores. Pero la pérdida de acidez ofrece una explicación plausible para una parte de los casos.
¿Y si el filtro funciona, pero falla la limpieza?
La explicación anterior deja una cuestión pendiente. ¿Qué sucede cuando coinciden la infección y el sobrecrecimiento bacteriano en una persona cuyo estómago conserva su capacidad de producir ácido?
El artículo plantea un segundo camino: la inflamación podría influir en el funcionamiento intestinal, incluso antes de que aparezca un daño importante en las glándulas del estómago.
El intestino no es una tubería pasiva. Su pared contiene músculos y una red de nervios que coordinan el movimiento del contenido digestivo. Entre las comidas se producen oleadas de contracciones que ayudan a desplazar restos y microorganismos. Una especie de servicio de limpieza interior.
Si esos movimientos pierden eficacia, las bacterias pueden tener más oportunidades para permanecer y multiplicarse.
Nuestra propuesta es que, en determinados pacientes, las señales inflamatorias relacionadas con H. pylori podrían contribuir a alterar esa coordinación o la barrera que forman las células del revestimiento digestivo.
Este es el punto más novedoso del trabajo, y también el más incierto. Se conocen efectos de la bacteria sobre las células del estómago y se sabe que la motilidad intestinal importa para controlar los microorganismos. Sin embargo, todavía falta demostrar en seres humanos la cadena completa que uniría esa inflamación con una alteración del movimiento intestinal y, finalmente, con el SIBO.
Nuestra hipótesis conecta piezas conocidas y propone investigar si encajan de esa manera.
Dos caminos que pueden mezclarse
En la vida real, las situaciones rara vez aparecen perfectamente separadas.
Una persona puede tener inflamación, una reducción parcial de la acidez y un intestino que se mueve con menos eficacia. También puede tomar medicamentos que disminuyen la producción de ácido o presentar otras enfermedades que influyen en el tránsito digestivo.
Nosotros contemplamos, por eso, una combinación de ambos caminos.
Los fármacos que reducen la acidez, como el omeprazol y otros de su familia, merecen especial atención en la investigación. Pueden modificar el ambiente del estómago independientemente de que exista una infección por H. pylori. Si un estudio no tiene en cuenta su uso, podría atribuir a la bacteria un efecto en el que también interviene la medicación.
Distinguir estas influencias es necesario para entender qué está ocurriendo en cada paciente.
La edad cuenta solo una parte de la historia
Otra idea central del artículo es que la edad resulta insuficiente para explicar esta relación.
Cumplir años puede acompañarse de cambios digestivos, pero no informa por sí solo de cuánto ácido produce el estómago, qué daño presenta su mucosa o cómo se mueve el intestino.
Dos personas de la misma edad pueden tener situaciones muy diferentes. Una conserva la secreción de ácido; otra presenta atrofia, es decir, pérdida de glándulas en determinadas zonas del estómago. Una toma medicamentos que reducen la acidez; otra no.
Por eso, el trabajo propone estudiar características medibles de cada persona. ¿Cómo está la mucosa gástrica? ¿Se conserva la acidez? ¿Qué medicamentos toma? ¿Hay alteraciones del movimiento intestinal?
Estas preguntas podrían ayudar a explicar por qué los estudios publicados encuentran resultados distintos y por qué la respuesta al tratamiento tampoco es siempre la misma.
Una prueba positiva no resuelve todo el puzle
También hay dificultades para identificar el propio SIBO.
Las pruebas de aliento miden gases producidos por microorganismos después de ingerir una sustancia determinada. Son útiles, pero sus resultados dependen de la preparación, del producto utilizado y de la velocidad con la que este recorre el aparato digestivo.
Por ejemplo, una subida de gas puede reflejar que la sustancia llegó rápidamente al intestino grueso, donde hay muchas bacterias, y no necesariamente un exceso de ellas en el delgado.
Además, el metano requiere una distinción: lo producen principalmente microorganismos llamados arqueas, diferentes de las bacterias. Por eso se utiliza una denominación específica, sobrecrecimiento intestinal de metanógenos.
Estas diferencias explican por qué la hinchazón, los síntomas o un resultado aislado no bastan para reconstruir toda la historia.
¿Qué aporta nuestra propuesta?
El artículo ofrece un mapa para investigar una relación todavía incompletamente entendida.
Si el problema depende sobre todo de la pérdida de acidez, eliminar H. pylori podría no resolverlo por completo cuando persiste el daño gástrico. Si intervienen principalmente la inflamación y el movimiento intestinal, habría que comprobar si estos mejoran después de tratar la infección.
Además, los antibióticos utilizados para eliminar la bacteria también modifican la comunidad microbiana intestinal. Una mejoría posterior, por sí sola, no demuestra cuál de los mecanismos era responsable.
Para comprobar la hipótesis harían falta estudios que midieran, en las mismas personas, la infección, el estado del estómago, la acidez, el movimiento intestinal y el posible sobrecrecimiento. Después habría que seguir su evolución y observar qué cambia con el tratamiento.
La aportación de este trabajo consiste en formular esas preguntas de una manera más precisa. Tener dos problemas al mismo tiempo no demuestra que uno cause el otro, pero sí puede ofrecer una pista que merece investigarse.
El estómago y el intestino trabajan conectados. Comprender cómo una alteración del primero podría afectar al segundo exige observar el recorrido completo: la barrera de entrada, las señales inflamatorias y el movimiento que mantiene el contenido en marcha [1].
Referencia
1. Betoret, M. y Soriano, J. M. «A phenotype-based dual-pathway hypothesis for Helicobacter pylori-associated small intestinal bacterial overgrowth». Medical Hypotheses, 216 (2026), 112135. https://doi.org/10.1016/j.mehy.2026.112135
Resumen
El artículo, publicado en Medical Hypotheses, plantea que la infección por Helicobacter pylori podría favorecer el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO), un trastorno que provoca hinchazón, gases, diarrea o problemas de absorción. Los autores proponen dos mecanismos que pueden combinarse. El primero, con mayor respaldo científico, es la pérdida de acidez. Cuando la bacteria daña las glándulas gástricas, el estómago deja de actuar como una barrera eficaz y más microorganismos alcanzan el intestino. El segundo, más novedoso e incierto, sugiere que la inflamación asociada a H. pylori podría alterar la motilidad intestinal, es decir, las contracciones que "limpian" el intestino entre comidas. Eso facilitaría que las bacterias se acumulen incluso si se conserva la acidez. El trabajo subraya que la edad no basta para explicar esta relación. Propone evaluar factores medibles: el estado de la mucosa gástrica, la producción de ácido, el uso de fármacos antiácidos como el omeprazol y las alteraciones del tránsito. También advierte de las limitaciones de las pruebas de aliento y distingue el sobrecrecimiento de metanógenos, producido por arqueas. Por último, propone estudios que midan todas estas variables en los mismos pacientes y sigan su evolución tras el tratamiento. Recuerda que la simple coincidencia de ambos problemas no implica causalidad.
Palabras clave: SIBO; Helicobacter pylori; acidez gástrica; motilidad intestinal; inflamación; medicina; salud.
