Vivir implica saber para quiénes somos
La extinción del gran arte
PABLO MECHÓ CARRATALÁFILOSOFÍA Y PENSAMIENTO2026, NÚMERO 3
Ingeniero de Tecnologías y Sistemas de Telecomunicación por la Universitat Politècnica de Catalunya
9/9/20265 min leer


Sin darnos cuenta, consumimos una gran cantidad de música clásica todavía hoy en el siglo XXI. Porque en el fondo la necesitamos.
Aunque luego la despreciamos porque creemos que es antigua, que es elitista, para unos pocos entendidos, para la gente seria con traje y corbata, que se mueve en ambientes burgueses los domingos por la tarde [1].
Sin embargo, lo que llamamos música clásica, está muy viva en nuestro día a día, y esta es la música que transmite toda una serie de sentimientos, emociones, a través de unos instrumentos reales, tangibles, materiales… Unos trozos de maderas y metales que son herramientas capaces de generar emociones [2].
La encontramos a diario en las nuevas óperas y espacios culturales del siglo XXI: La publicidad, el cine, las nuevas tecnologías, que han hecho que la música clásica (término que podríamos discutir sobre cuál es el sentido estricto que la define) esté presente todavía hoy [3]. Las grandes composiciones clásicas de los grandes genios musicales están todavía hoy en la cabeza de las programaciones de los grandes teatros, auditorios y espacios culturales con un mínimo de seriedad y profesionalidad.
El tiempo pondrá a cada música en el sitio que se merece. Y probablemente, casi con la misma seguridad que atrevimiento, diría que la música clásica prevalecerá durante muchísimo tiempo más que las músicas populares y circunstanciales nacientes actualmente, que tienen un recorrido estético corto, por las limitaciones intrínsecas (ya sean tecnológicas o musicales) de los propios géneros musicales, que vienen dados por unos factores culturales y sociales que han permitido que tengan cabida en nuestros oídos y en nuestras mentes temporalmente, pero que nunca llegaran a tener la influencia de la magnitud que tuvieron y siguen teniendo las obras musicales compuestos por verdaderos genios de una música, bien llamada, clásica [4], que, respaldada por la RAE, que me da la razón y afirma, en el significado de la palabra clásico “Que se considera como modelo digno de imitación en el arte o la literatura” [5].
Y es que la música clásica, jamás pasará de moda mientras haya alguien que pueda percibir como modelo la belleza ahí donde la hay verdaderamente en la música perenne y no en músicas caducas.
Por ponerle títulos a mis ideas y no pecar de moralista musical heterogéneo, es tan sencillo como dejarse inundar por los orígenes escuchando una obra para órgano de Bach o sobrepasar los límites de la eternidad con el Réquiem de Mozart. Y no estaría de más pasear por los últimos años del siglo XIX para observar todo el abanico de colores de Scheherezade de Rimski-Kórsakov o enamorarte con la novena sinfonía de Dvořák y embelesarte con sus paisajes musicales al descubrir el nuevo mundo.
O tal vez, repasar la mercancía de exportación geográfica, cultural y costumbrista española que va empaquetada en El amor brujo de Manuel de Falla. O incluso sentarse bajo la sombra de un ahuehuete una tarde de verano en los jardines madrileños y escuchar la magia en las manos de Paco de Lucía interpretando el Concierto de Aranjuez del maestro Rodrigo.
Y para justificar que lo clásico no es sinónimo de viejo, se me ocurre el buen remedio de calmar las inquietudes del cuerpo y del alma escuchando la fina escritura de nuestro coevo Arvo Pärt en Spiegel im Spiegel, en Vater Unser o en Urkuaru Vals, de aquel con quien hemos tenido la enorme suerte de compartir siglo y de quien todavía podemos admirar su genial ancianidad musical.
Y apoyado por estos brillantes compositores, mi invitación a no quedaros con la idea de una música retrógrada o anticuada. Mi invitación a que disfrutéis de la música clásica.
Que la hagáis nueva cada vez que la escuchéis, como si hubiera sido compuesta hoy mismo, en el preciso instante en el que la escucháis. Que os haga navegar a través de su sonoridad por diferentes sensaciones, o estados de ánimo. La música clásica no es para ponérsela de fondo mientras estudias o para ir en el coche. La música clásica requiere atención, mucha atención, para absorber todos los detalles y matices que ocurren durante una obra musical. Cerrar los ojos. Abrir los oídos. Y dejar que penetre a través de nuestra mente hasta el corazón.
La mejor manera de entender esa obra es escuchándola, metiéndote dentro de ella.
Viviéndola.
Claro está, que la música clásica no es para todos. Cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. Yo tengo los míos propios. No soy un fanático de la música clásica. Pero la concibo como base. Como la fuente de donde beben todas las músicas actuales. De donde nace la zarzuela, de donde nace el jazz, de donde nacen los pasodobles o de donde nace el pop, el rock y en los límites, el heavy metal.
Pero lo que también está claro, es que hay en esa música una esencia que cautiva al alma humana, que al cerrar los ojos y escucharla, es capaz de sobrepasar toda lógica racional y provocar movimientos sísmicos en el complejo inframundo de los sentimientos.
Quizá la necesitamos, no tan en el fondo.
Referencias
1. Toro Yepes, E. (2010). Lo ordinario y lo culto: una incidencia cultural y contextual en la música clásica y la música pop. Revista Psicoespacios, 4(4), 51–62.
2. Juslin, P. N., y Västfjäll, D. (2008). Emotional responses to music: The need to consider underlying mechanisms. Behavioral and Brain Sciences, 31(5), 559–575. https://doi.org/10.1017/S0140525X08005293
3. Olarte Martínez, M. M. (2008). Utilización de la música clásica como música preexistente cinematográfica. Ediciones Universidad de Salamanca.
4. Johnson, J. (2002). Who needs classical music? Cultural choice and musical value. Oxford University Press.
5. Real Academia Española. (s.f.). Clásico, ca. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 3 de septiembre de 2026, de https://dle.rae.es/clásico
Resumen
La música clásica, lejos de ser una reliquia elitista, sigue viva en nuestro día a día: la escucho en el cine, en la publicidad y en las nuevas tecnologías, y defiendo que su capacidad para generar emociones a través de instrumentos reales la distingue de las músicas populares, cuyo recorrido estético es breve por sus propias limitaciones técnicas y culturales. Argumento que la clásica es la fuente de la que beben el jazz, el pop, el rock y géneros como la zarzuela o el pasodoble, y que por eso prevalecerá mucho más tiempo que las modas musicales circunstanciales. No pido devoción ciega ni convertirme en fanático: invito a escucharla con atención plena, cerrando los ojos, dejándola penetrar hasta el corazón, porque quizá la necesitamos más de lo que creemos.
Palabras clave: música clásica; emoción musical; percepción cultural; música popular; legado artístico; filosofía; pensamiento
